Domingo, 16 de Octubre de 2011 21:44

La Gorda

por  Margarita Michelini
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Tiene nombre francés, pero le dicen La Gorda. Ella ni está enterada ni le importa. Francés no entiende, aunque no siempre fue gorda. Nació en un hogar burgués, fue querida por todos; muy feliz. En esos años era saludable y musculosa, gorda  nunca. Hasta que un día como en un cuento de hadas al revés, lo perdió todo: la casa, la familia, los niños, el calor humano y sobre todo, el puchero.

Fue el tiempo de la soledad y de la hambruna.
Así comenzó su peregrinaje de mendiga. Le había cambiado el humor: el hambre hace estragos, estropea a los seres más pacíficos. Sin embargo, ella nunca atacaba. Su táctica era  insistir; tenaz. Allí donde asomaba un rostro humano, allí donde se abría una puerta estaba ella. Cuando no tenía nombre francés ni nadie la hubiera bautizado “la gorda”, porque estaba escuálida. De noche, no lloraba, aullaba.
Los que la vieron en aquel tiempo, ahora solo la reconocen por las canas que rodean su rostro.
¿Recuerda La Gorda su verdadero nombre? Quién sabe. Pero es notorio que no le importa cómo la llamen lo que sí le importa es que la quieran. También que le conversen y que le permitan acompañar. Esto que parece tan sencillo no siempre lo logra. Sobre todo en invierno cuando el balneario se vacía de gente y de niños.
A La Gorda  le encantan los niños, aunque ellos no la alimenten, los adora en paciente silencio.
También agradece, con sus ojos castaños y lánguidos, a cualquiera que se avecine. Sus ojos piden, reclaman, y consiguen que la gente sienta culpa de que ella sea una homeless.
Cuando lo perdió todo se acercó a las obras en construcción. Los albañiles son afables y no les importa generar vínculos porque, total, se van. Generosos e irresponsables, calmaron su voracidad con restos de carne o arroz. También la molestaron con bromas pesadas, que ella dejó pasar. Su único objetivo era recuperar fuerzas.
Siempre que consiguió que alguien la tomara en cuenta, que notaran su desprotección y le acercaran un plato, comió en forma sistemática, militante y sin descanso. Así se volvió gorda, bien cebada, con más de un kilo para perder por si se repetía la desgracia.
Más adelante encontró a Alicia. Ella la tomó en serio. Durante todo el verano le regaló su dulzura. La alimentó y la protegió del acoso sexual. La Gorda agradecida,  intentó entrar a su casa, para demostrarle que la había adoptado como madrina. En eso no tuvo suerte. Tenía una rival, más limpia y civilizada, que hasta viajaba en el auto con Alicia.
En cambio, de tanto en tanto, en una casa de la otra cuadra, la dejan dormir adentro. Cuando esos vecinos llegan, La Gorda, deja de frecuentar los lugares habituales y es perra de dueño cien por ciento.
En otoño, las visitas de Alicia fueron más espaciadas, pero La Gorda se había hecho fuerte y había ganado terreno. Con una sabiduría adquirida quién sabe dónde fue rotando las casas en las cuales pedir comida. ¿Para no aburrir, tal vez? ¿Para que la echen de menos?
La Gorda tiene la gentileza de acompañar durante sus caminatas a una de las parejas que la protege. Esa que la bautizó Negreneys en recuerdo de su último viaje a Francia. Gentil, sin apuro, camina junto a ellos moviendo oronda las caderas y la cola. Dominante, se impone a los demás perros del barrio y le hace frente a algún caballo que se cruza en el camino.
El matrimonio no sospecha que a la vuelta, a esa perra vieja y canosa, que no tiene raza definida pero sí carácter y empaque, le dicen simple y vulgarmente “La Gorda”.

 

 

 

Ultima modificacion el Viernes, 16 de Diciembre de 2011 19:29
Margarita Michelini

Margarita Michelini

Periodista, humorista, editora de cosasdelavida.

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